Reflexiones sobre la nueva socialdemocracia

Manuel-Escudero-

 

Manuel Escudero, secretario de Política Económica y Empleo del PSOE

En Marzo de 2017, hace ahora cuatro años, se comenzó a construir la espina dorsal del proyecto socialista español actual.

Antes de que Pedro Sanchez asumiera la Secretaría General en 2017, ya se había comenzado a hablar de la “socialdemocracia del 15%”, haciendo referencia al declive generalizado de la socialdemocracia en toda Europa. Pero hoy el PSOE en España se sitúa en otra región porcentual, y ha vuelto a ser la “socialdemocracia de los 30%” zafándose de lo que parecía un destino inevitable. ¿Qué es lo que ha ocurrido? La respuesta es clara: un líder que intuitiva y racionalmente se mostró abierto a los nuevos problemas, comenzando por la desigualdad, unas bases de militantes que estaban hartas del socialismo de salón y de gestión en el que se había convertido el PSOE, y un reposicionamiento ideológico que declaraba al PSOE como portador de una alternativa no solamente frente a los partidos conservadores de derecha, sino frente a un sistema económico que parece destinado a crear desigualdades crecientes, destrozar las bases de la vida humana en el planeta y perpetuar las injusticias frente a las mujeres.

Una pregunta pertinente a hacerse hoy es ¿hace falta seguir completando en el plano teórico e ideológico el proyecto que comenzó en 2017? O vistas las nuevas condiciones, con un gobierno de coalición ya funcionando, saliendo de la lucha contra la pandemia, con Presupuestos Generales aprobados y preparándose España para su plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, ¿no habría que dejarlo tal y como se formuló en su momento, y dedicar los esfuerzos a los nuevos imperativos de la acción de gobierno?

Yo creo que ambas cosas son necesarias y compatibles. Necesitamos completar el proyecto de 2017, porque contenía elementos que no se explicitaron suficientemente, y hay otros, después de la lucha contra la pandemia, que hay que añadir forzosamente. Lo otro, los imperativos de la acción de gobierno por supuesto que no pueden estar exentos de debate. Pero ese debate, el de las opciones del día a día, ya lo realiza el propio Gobierno, en sede parlamentaria y otros foros públicos bajo el liderazgo de su presidente. Y por otra parte, de vez en cuando, es esencial que nos paremos a pensar sobre el proyecto que se inició hace cuatro años, poner las luces largas, para poder comprender mejor el camino de avance.

Con voluntad de contribuir a esa reflexión, me gustaría sugerir, desde un punto de vista exclusivamente personal y de modo telegráfico, diez rasgos estratégicos de ese proyecto de nueva socialdemocracia:

Se basa en principios claros, que entroncan con las raíces del socialismo hace 140 años: con la lucha por reformas para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, con una adhesión radical a la democracia representativa, con la tríada de valores de igualdad, libertad y solidaridad, y con el respeto a la libertad individual junto a la justicia social. A estos valores hemos añadido en 2017 el ecologismo y el feminismo.
Se puso el dedo en la llaga al afirmar que, a pesar de la existencia de un Estado de bienestar, nuestra sociedad es cada día más desigual porque se está produciendo una polarización entre una minoría a la que las cosas le van bien y una mayoría que se ha estancado o retrocedido. La lucha contra las desigualdades en renta y riqueza se ha convertido en un elemento central de la búsqueda de la justicia social en el proyecto político socialista.
La lucha por la igualdad desde una lente feminista es otra dimensión básica de la nueva socialdemocracia. Esta lucha abarca todas las esferas de la actividad pública y de la privada, desde las múltiples desigualdades en el trabajo, la brecha salarial, la promoción a puestos de responsabilidad en la esfera pública y en la empresa, la violencia de género o la trata de mujeres, hasta actitudes e instituciones sociales que hay que desmontar.
La transición ecológica y la transición digital se han de gobernar con sentido del bien común y en ellas se encierran las grandes transformaciones sociales y económicas que se han de producir en el siglo XXI. Junto a ellas existe otra transición, la demográfica, de un calado transformador similar, en la que nos encontramos con la necesidad de nuevas políticas en pensiones e inmigración, cambios en la organización social respecto a la vejez, o la urgencia de un nuevo contrato social con la juventud.
En el nuevo proyecto socialdemócrata se debe destacar la gran transformación en curso de la estructura del poder financiero, donde los obstáculos al bien común no provienen tanto de los bancos como de los grandes fondos de inversión que comienzan a colonizar la economía productiva. Es imperativo contrarrestar desde la intervención pública el creciente poder de los fondos de inversión y de las grandes empresas tecnológicas. Para ello la alianza pública con la economía productiva y la lucha contra las concentraciones de poder en el mercado son determinantes.
La pandemia nos ha enseñado que se necesita un Estado más sólido y previsor. Deben terminarse los experimentos de privatización tanto de Hospitales como de Residencias: se necesita un sistema público que no se vea sistemáticamente esquilmado y empobrecido. La gestión de stocks de productos estratégicos sanitarios y la existencia de un mínimo de producción nacional o europea es obligada. Por otra parte, se debe avanzar en nuevas prácticas internacionales para que bienes como las vacunas o el clima sean considerados y tratados como bienes públicos globales.
La recuperación económica y la reconstrucción social después de la pandemia debería perseguir tres objetivos: en primer lugar generar el máximo de empleo, en segundo lugar mejorar con un profundo sentido reformador aquello que no funcionaba bien antes de la Covid, y en tercer lugar reconstruir en cinco dimensiones fundamentales: la lucha contra las desigualdades, la construcción de una nueva economía ecológica y digitalizada, la integración territorial y la igualdad entre mujeres y hombres. En el terreno de la puesta en marcha de los planes de recuperación también la pandemia nos ha enseñado cosas: el espíritu federal de coordinación entre el nivel central y el autonómico es una necesidad inapelable. Así mismo las Administraciones locales han estado en el frente de la batalla, cuidando de los que viven solos y aislados, facilitando los suministros urgentes de equipos de protección o acudiendo subsidiariamente al rescate de empresas. La arquitectura organizativa que se está necesitando ya y que aumentará en importancia, incluye la colaboración entre la administración central, las autonómicas y las locales, coordinadas en torno a proyectos compartidos.
Hasta la crisis financiera de 2008, la globalización se consideraba acríticamente como un proceso beneficioso por definición. Pero la crisis en sí misma, así como la evidencia de ganadores y perdedores en el proceso de globalización, nos hacen ver que hoy la globalización, para ser beneficiosa, deba ser gobernada. La nueva socialdemocracia debería defender una nueva versión de la globalización. Un elemento indispensable debería ser un discurso económico que se enriquezca con el de la inclusividad y el de la sostenibilidad.
La nueva versión de la globalización se ha de sustentar en la necesidad de un comercio abierto pero también debe avanzar en hacer posible una nueva generación de acuerdos comerciales y de inversiones internacionales que combinen la apertura internacional con la defensa de los trabajadores, las compensaciones a los grupos que puedan salir perjudicados, la reciprocidad en el avance en la lucha contra el cambio climático y contra la corrupción y los sobornos, así como la necesidad de un nuevo tribunal Multilateral de Litigios y Apelación público y permanente.
La pandemia ha enseñado las costuras del tejido económico y social de la mayoría de los países en vías de desarrollo y emergentes, incluso aquellos que ya son considerados como países de renta media o media alta. Se necesita una nueva concepción del desarrollo, donde la resiliencia a partir de sistemas públicos de protección social y de los esfuerzos domésticos para construirlos en términos de progresividad fiscal, se vean correspondidos con un mejor acceso internacional a la financiación, las inversiones y nuevas formas de tratamiento de la deuda. Esto que es relevante en América Latina o el Sureste Asiático se hace particularmente urgente para África.
Sobre principios como estos, impulsados y encarnados por un liderazgo comprometido como el de Pedro Sánchez, el socialismo español seguirá consolidándose como opción electoral capaz de ir reformando, en solitario o en alianzas, la realidad a favor de la inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanas. Estos valores y esta senda, en términos como los planteados o similares, debería también servir para que una nueva socialdemocracia se abra camino a nivel internacional, en todas las latitudes. El momento para iniciar ese camino es ahora, cuando hasta el propio discurso de la gobernanza global comienza a abrirse a unas perspectivas nuevas, lejos de las caducas recetas neoliberales.

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