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VÍCTIMAS Y VERDUGOS

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Mar Martín

El programa radiofónico ya había comenzado y no supe quién pronunciaba aquellas palabras de recuerdo y dolor.“Y antes de llegar a su casa les dispararon”  era la frase que escuché y supuse que se refería a la represión franquista en la que fueron asesinados, sólo en la provincia de Sevilla más de 14.000 personas por sus afiliaciones políticas y sindicales.

 También esa frase podía hacer referencia a la represión institucional,  en la que, según el historiador José Carlos Martínez Gálvez , se sucedieron los episodios más violentos y se extendió hasta la década de los años 50.

Miles de hombres fueron arrancados de sus familias para ser asesinados junto a las tapias de los cementerios como el de Sevilla. Miles de hombres y mujeres represaliados y asesinados a manos de fascistas que bajo la protección y encomienda de la dictadura franquista crearon un estado de terror en el que había que erradicar cualquier pensamiento libre, cualquier ideal de un mundo igualitario.

Pensé que esa voz que escuché en la radio hacía referencia a aquellos años de horror, silenciados y de los que dicen algunos que, sacarlos a la luz, es un acto de revanchismo y de abrir heridas, que por cierto, nunca estuvieron cerradas.

Sin embargo pronto descubrí que estaba equivocada. Que la frase hacía referencia al asesinato también en una calle de Sevilla, pero del concejal Alberto Jiménez Becerril del PP y su esposa.

De eso hace ya 20 años, y sigue siendo legítimo recordarles y hacer homenaje a su memoria, del mismo modo que los miles de asesinados también por motivos políticos durante el franquismo se merecen el recuerdo y, como mínimo, desentrañar dónde se encuentran sus cuerpos y que sus familiares les puedan dar sepultura.

Quizás la diferencia entre unos y otros asesinatos sea tan sólo el verdugo, teniendo en cuenta que el de la represión franquista cuenta con un templo y una fundación financiada con dinero público.

El nieto del “rojillo” busca a su abuelo fusilado en la Guerra Civil

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Alberto Malo quiere exhumar los restos de su abuelo, fusilado en Huesca en 1938, con la ayuda del Círculo Republicano “Manolín Abad” para darle un entierro digno

El primer intento en el cementerio municipal de la capital oscense ha fracasado al no encontrarse nada donde se creía que estaba enterrado, pero la familia aún no se rinde

A su padre, recuerda el nieto del asesinado, hasta el maestro le llamaba “el hijo del rojillo”

En el Alto Aragón existen 187 fosas comunes de la Guerra Civil de las que solo se han abierto 17. El Círculo realizará otra exhumación a finales de año en el cementerio de Las Mártires

Manuel Barluenga

A Casimiro Malo Satué lo fue a buscar la Guardia Civil a casa cuando languidecía el verano de 1938 y el país llevaba dos años en llamas por la guerra. Era labrador, tenía 41 años y sus delitos fueron la “rebelión militar” y ser miembro del Comité Republicano de Alcalá del Obispo. Tras dos meses en la cárcel de Huesca, un consejo de guerra le sentenció a muerte. Le fusilaron junto a la tapia del cementerio de la carretera de Zaragoza el 25 de noviembre de 1938. Dejó tres huérfanos. Fue su primera muerte. Su nieto, Alberto Malo, quiere evitar la segunda y busca sus restos para darles “un entierro digno” en el pueblo y junto a la que fue su esposa. Por ahora, sin éxito.

Parecía muy cerca de encontrarlo después de que el 15 de julio comenzasen los trabajos de exhumación en el espacio donde se cree que arrojaron a Casimiro sus verdugos. Cuadro 1, sepultura 83. Pero el pasado sábado 22, tras cavar una fosa de unos dos metros de profundidad y superar todos los obstáculos burocráticos, Casimiro no estaba allí. “Esto podía ocurrir”, reconoce Alberto Malo. Se trataba de la primera exhumación relacionada con la Guerra Civil que, a petición de los familiares, se llevaba a cabo en la capital oscense y suponía el culmen de meses de labor previa de investigación y documentación.

Muerte de un maestro republicano: “Le sacaron los ojos y le cortaron los testículos”

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Un vil crimen, cometido por falangistas en una aldea de Lugo, convirtió a Arximiro Rico en un mártir de la educación pública. Hombre ilustrado, encarnó el progreso en el rural gallego, sometido al poder de curas y caciques, quienes apagaron su luz.

Henrique Mariño

Llamaron a la puerta de la casa y su madre, la noche ya encima, le rogó que no abriese la puerta. Se lo llevaron. De camino a la sierra de la Ferradura, los falangistas pararon en una taberna a abrevar y a él, mientras, lo amarraron a una argolla. Monte arriba, cabalgaron sobre su lomo. Al llegar a la cima, “le cortaron los testículos, se los metieron en la boca, le cortaron la lengua y le quitaron los ojos… Y todo eso vivo, claro”. Luego lo molieron a palos y abrieron fuego. “Eran tiros de escopeta, porque la cabeza estaba desfigurada”. Muerte de un maestro. Primero de septiembre de 1937.

“Es Arximiro, criatura única y ser colectivo, nombre gentilicio de todos los maestros escarnecidos y asesinados por la réplica fascista de Atila, que martirizó a la Galiza republicana entera”, escribe Xosé Manuel Beiras en uno de los prólogos de Maestros de la República, de María Antonia Iglesias. La periodista alumbró esta antología de mártires de la enseñanza, santos laicos a los que ningún cura rezó, tras descubrir el trágico fin de un hombre hecho a sí mismo y deshecho por otros. Lo leyó en Arximiro Rico, luz dos humildes, escrito a dos manos por Narciso de Gabriel y Xosé Manuel Sarille, quienes rescataron su figura del silencio.